Había una vez, un grupo de
maestras que no hacían más que pensar como sería su aula de Educación Infantil
ideal.
Para ellas, una buena relación
con los alumnos era de vital importancia, pretendían ante todo que en sus aulas
predominaran la seguridad y la confianza, creando así un clima relajado y acogedor en el que todos los niños pudieran expresarse
libremente, siguiendo su propio ritmo de aprendizaje e interaccionando con sus
iguales de una manera activa y divertida.
Ellas consideraban que, las raíces que sustentaban una buena educación radicaban
en la vocación que la docente sentía. Una actitud empática y comprensiva, que
les permitiera disfrutar el trabajo con los niños.
Un día, de tanto pensar, se
dieron cuenta que no solo bastaba con
mostrar una buena actitud hacia los alumnos, sino que había que
favorecer la cooperación entre Familia-Maestro/a-Escuela.
Solo así podrían llegar a cubrir las
necesidades básicas de estos peques y saber cuáles eran las carencias en las que estas
docentes debían incidir.
Otra pieza fundamental del puzzle
era como hacer de la gran aventura de enseñar, como transmitir a sus pequeños
alumnos lo importante que eran tener buenos valores con los que afrontar la
vida desde una perspectiva optimista, luchadora y activa en todo momento
partiendo de sus propios intereses. Para poder conseguir todo aquello que se
propusieran estaban completamente de acuerdo en que era imprescindible el
elemento de la formación permanente ya que vivimos en un mundo cambiante, que
evoluciona y siempre hay que avanzar, aprender y amoldarse.

